sábado, 31 de julio de 2010

Qué extensas son las sábanas...


La reconciliación

Esta mañana la vi, me alegré tanto que no me pregunté porqué estaba aquí si vive tan lejos, solo atiné a acercarme, saludarla y después de un corto silencio incomodo pedirle que habláramos, pensaba pedirle explicaciones, quería saber porqué estaba detestándome; sin embargo ella me recibió con una sonrisa y me dijo que desde temprano me buscaba para hablar, que quería decirme que ya no pensara más en esa extraña discusión que días antes me robó la cordura, que todo había sido producto de las tergiversaciones de ese amiguito suyo que no soporto y ya no tenía porqué preocuparme. No sabía siquiera qué hacer, no cabía un ápice más de euforia en mi cuerpo, sentí cómo salía ese clavo gigantesco que tenía entre pecho y espalda desde el momento en que aseguró odiarme y no querer saber más de mí en una llamada telefónica, la cual no alcanzo a ubicar en el tiempo-espacio, pero creo q llovía cuando pasó… seguido al efusivo encuentro le invité a caminar por el arbolado parque que teníamos justo al lado y parecía invitarnos a inmiscuirnos en sus raíces, decidí no ir a clase, cosa que no me exigía mucho pensar, y disfrutar de esa dicha tan inverosímil que se presentaba ante mí sin exigirme esfuerzo alguno.

Caminamos por un largo rato mientras nos ocupábamos de los temas más banales y estúpidos hasta que decidimos descansar en una banca solitaria, distante de la mirada transeúnte. Me senté de frente a ella, pues no quería perderla de vista, la realidad parecía muy frágil como para darle la oportunidad a un parpadeo de devolverme al salón de clase y darme cuenta q alucinaba por un cartón de LSD de los que suelo tomar para no aburrirme en la maldita clase del martes, pero después de unos minutos ella seguía ahí, no parecía una alucinación y si lo era, pues de alguna forma su presencia era perdurable y no parecía pronto su desvanecimiento entre mis dedos. Me miró a los ojos y me dijo, en forma inadvertida, que ella se daba cuenta de mi libido rebosante y que ella también sucumbía ya bajo el apetito de sus carnes. Sin más, se abalanzó y me besó en forma loca y bruscamente me empujó contra el espaldar de la banca, se sentó encima mío y empezó a estimular mi miembro con los movimientos violentos de su pelvis llevándome prontamente a la erección. Se me hizo extraño que utilizara mis palabras cuando confesó sus deseos, como si espiara mis papeles, sin embargo mi corazón latía como el de un colibrí y no tenía el mínimo deseo de inmutar palabra que interrumpiera el ajetreo que me aceleraba deliciosamente.

Mientras más lo pensaba menos plausible se me hacía que fuese la misma niña inocentona que me empezaba a encantar con sus pucheros frecuentes de niña mimada. Pensé que la situación no sobrepasaría ese nivel del sinsentido pero, para refutar aquel predicción, ella levantó mi camiseta de un solo golpe, inmediatamente miré alrededor lo más veloz que pude para ver si habían vigilantes o mirones y en un instante volví a concentrarme en el foco de mi lascivia, la despojé de su blusa y rompí su sostén para lamerle las tetas, pero ella me apartó y pensé que ya pararía con esa desenfrenada sesión carnal, sin embargo de nuevo me demostró lo equivocado que estaba, besó mi cuello y lo chupó haciéndome moretones, ágilmente se arrodilló en el suelo, me desabrochó el pantalón y empezó a bajar la bragueta de una manera exageradamente lenta, tanto que la ansiedad me llevó a tener la más dura erección que he tenido en mis dieciséis años, cuando llegó a la mitad de la bragueta sentía que mi cuerpo iba a estallar en pedazos gelatinosos de semen.

Por miedo a quedar en ridículo y ganarme el rótulo del precoz más fugaz de todos, le levanté el rostro para darle un beso y así darme un pequeño respiro y retrasar la eyaculación que ya sentía casi liberar, pero al agachar mi cabeza perdí el aliento y vi cómo todo se ponía blanco; de pronto volvió la imagen y me di cuenta que estaba mojado de sudor, vistiendo no más que unos calzoncillos y retorciéndome del placer en la soledad de mi habitación. Agitado por la excitación y rojo de la vergüenza que me provocaba el hecho de que las paredes del cuarto presenciaran tan bochornosa polución, di un largo salto de entre las sabanas y agarrándome de los genitales corrí hacia el baño para, al menos, terminar con algo de dignidad.

Andrés Bastardo Grenouille

martes, 13 de julio de 2010

Entre jardines floridos


Delirio

Las nubes dibujan infinitas formas en sus bamboleos,

Si te tumbas en el suelo tendrás fantasías de algodón.

Las letras supuran orgasmos insospechados,

Orgasmos que Belcebú nunca pudo descubrir,

Ni siquiera cuando bebía el sudor del Señor.

Sumérgete en el mar y tan sólo rasga sus contorsiones,

El mar que te lame eternamente, hasta el fin del dolor.

O busca una piel más cálida que la tuya y roba su vida,

Suéltale encima tu saliva de mosca para que sea más fácil tragar.

Si no lo quieres así, entonces agarra el revolver y sal a matar.

Haz un carnaval alucinado de tiros hasta que acaben contigo…

¡Calla ya! ¡Calla esa malparida vida que aturde mi morir!

Entre el humo gris reposa un alarido, un divino alarido de dios vengador.

Déjame aquí, al margen de la melodía, mientras engullo mi muerte.

Andrés Bastardo Grenouille